Nunca antes en su historia reciente la humanidad había experimentado un cambio estructural en tan poco tiempo como el vivido hoy por la pandemia. Los mercados, con todo su desarrollo de tecnologías y comunicaciones, que habían adquirido una dimensión mundial, cambiaron. Por eso la aldea global espera un nuevo orden que apenas surge y cuyas dinámicas y desafíos desconocemos.

Es el momento de implementar la estrategia Despensa Regional, que fomente la elaboración y compra de productos locales, originados a no más de 100 kilómetros del punto de distribución.

Esto trae beneficios concretos: impulsa las economías locales, disminuye gastos de transporte y reduce el impacto medioambiental, con la garantía, no menos importante, de que lo recibido por el consumidor estará fresco y libre de conservantes, innecesarios en una cadena tan corta.

Es ahora cuando los líderes deben actuar con mayor celeridad; están llamados a enfrentar una emergencia grave y compleja, la sociedad no espera menos. Es clave que recuperen la vocación de sus regiones hacia el fortalecimiento de la industria local (nacional y regional), dándoles a los alimentos mayor importancia y vigorizando las asociaciones con miras a consolidar verdaderas despensas agrícolas. Están respaldados por la Constitución, que en su artículo 65, dice: “La producción de alimentos gozará de la especial protección del Estado.

Para tal efecto se dará prioridad al desarrollo integral de las actividades agrícolas, pecuarias, pesqueras, forestales y agroindustriales (…)”.

Esta circunstancia, a pesar de su lamentable saldo en vidas humanas, también nos revela que la comida del futuro está más cerca de lo que habíamos pensado; como toda crisis, trae también oportunidades. En ese panorama, los productos de la despensa regional, próximos a nosotros, adquieren una relevancia histórica y territorial porque les compiten a los que tienen que viajar entre continentes para llegar al consumidor.

El consumo, principal jalonador del PIB en 2019, es posible que en 2020 no lo sea, por obvias razones. En medio de los impedimentos de movilidad impuestos por la covid-19, los alimentos de la despensa regional pueden convertirse en uno de los motores de la economía colombiana porque estarían direccionados hacia la demanda interna.

Más aún si consideramos que la tasa de desocupación nacional en enero llegó al 13 %, y que, si la economía no crece, podría aumentar al 19,5 %, factible en medio de la pandemia.

La reactivación económica viene acompañada de estrategias y de modelos enfocados hacia el agro. Un ejemplo de que sí se puede es Murcia (España). Gracias a su economía basada en la producción de alimentos, sostiene el empleo y la seguridad alimentaria.

Si reorientamos nuestras ideas, intereses, conductas y actitudes en este momento crucial, responderemos con eficacia al reto de subsistir y abonaremos el camino para evitar el desabastecimiento de alimentos y la destrucción de los entornos naturales cuando en 2050 seamos 9.000 millones de habitantes sobre la Tierra, según la FAO.

Gracias a la fertilidad de su campo, Colombia desde sus regiones tiene posibilidad de brindarle a la gente alimentos de calidad, frescos y locales. Con buena infraestructura podemos ajustarnos a la nueva realidad con esta estrategia que nos favorece a todos: al agricultor, al consumidor y al medioambiente. Y no todos los países podrán hacerlo.

Carlos Eduardo Correa
Ex alcalde de Montería

Publicado en Portafolio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.